El Optimismo es una cualidad antropológica. Una levísima e invisible barrera lo separa de otros estados anímicos que no dudaríamos en calificar de patológicos: la locura, la osadía temeraria, la ignorancia inmadura... Es, con diferencia, una de las principales virtudes que requiere el hombre para acometer cualquier empresa.
El mal se presenta bajo interesante apariencia, con dosis de morbo. Para que perdamos el tiempo hablando de él. Pero el mal no perdura; se debilita y desaparece. Acusar recibo sólo sirve para extenderlo. Por eso, los propagandístas cristianos deben hablar del Bien. Con mayúscula. Nunca del mal presente. No importa referirse al mal pretérito. Al contrario; es beneficióso, pues nos ayuda a entender como se fue y no triunfó: Nadie se exaspera si hablamos hoy de las guerras carlistas o del Vademecum de la piratería que escribió Defoe, a pesar de que veintiún hombres de la tripulación del corsario Roberts violaron a una mujer y le partieron la espalda antes de arrojarla al mar.
Es por ello que a partir de ahora, propenderé al optimismo. A pesar de mi natural melancolía.
jueves, 30 de julio de 2009
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